Allí estaba, en un paso de peatones con la mirada perdida. Observaba el churrete de silicona que tenía la rubia de la minifalda de flores estampadas sobre el escote. Ella también esperaba a que los automóviles le cedieran el paso para cruzar la calle Retenue. No tardarían en dar algún frenazo para cederle el paso a aquella tiparraca despampanante, resultona, aparatosa. A mí, -pensaba- que me diesen por culo. Además, no me atraían en absoluto las rubias genéticas pero allí estaba yo con la mirada abstraída en aquel churrete negro de silicona que se había dejado el esteticista, olvidando algún punto del código deontológico profesional.
Sucedía algo extraño: allí no se paraba nadie. La volví a mirar con todo el detenimiento que mis gafas de sol me ofrecían. Y me ratificaba en mis percepciones; a aquella caracoleta, a aquella hembra sólo le faltaba pronunciar una frase para decir, “nenes, sí, soy perfecta” (ay, niña, si no llega a ser por el churrete que te han dejado –me decía-); porque solía ocurrir también con demasiada frecuencia que las mujeres más bellas y normales, urbanas y proletarias se les escapaba toda la belleza o por la boca, o por el canalillo, o por el timbre y a las más, por la paupérrima ingeniería verbal de la que hacían alarde. Yo, por eso, me había casado con una morena que además era guapa y bailaba a todas horas con dichos, refranes y construcciones gramaticales racionales e irracionales a la vez, vamos, un portento de mujer. Y portento no sólo por las curvas que presentaba en bragas y en sujetador, sino porque era tan interesante conversar con ella, que siempre que nos enzarzábamos en alguna de pan y moja después del café de sobremesa, solíamos llegar tarde a la jornada vespertina de nuestros respectivos trabajos. Y se nos habían agotado ya las excusas. Pero ahora, allí estaba, con la rubia del churrete en el canalillo frente a mí y yo frente a ella.
Me decidí a cruzar aquel paso de cebra. Miré a un lado, miré a otro y puse el pie derecho sobre la primera banda blanca y con arrojo empecé a cruzar. A ambos lados escuché
frenazos, uno, dos, tres. Escuché más frenazos, y otro, y un ruido de cristales rotos. No miré a ningún lado. Mientras cruzaba me percataba de que la rubia no se movía de su posición. Continué y cuando estuve a su altura inevitablemente me fijé en el churrete de silicona que tenía entre aquellas grandes tetas, ubres, mamas, barbajas; ¡bendito sea el Señor! Los automóviles reiniciaron tras mi cruzada su marcha por un solo carril puesto que en el otro tres conductores habían empezado a discutir en torno al gran tema cuando se genera un percance de tráfico: ¿quién había tenido la culpa?
Proseguí mi marcha hacia casa pero antes de enredarme en otros pensamientos, giré la cabeza para ver qué había hecho la rubia, si cruzar el paso de peatones o permanecer allí quieta, asustada por el incidente que yo conscientemente había provocado (en la vida real suelo hacerlo con frecuencia pero qué reflejos tienen algunos conductores, qué buenos son). Apenas me separaban cinco pasos de ella cuando fortuitamente mis ojos se encontraron con los suyos. También había vuelto la cabeza y fue entonces cuando estupefacto comprobé que se daba la media vuelta y empezaba a llamarme por mi nombre. Me detuve y, antes de que me revelase quién era, me chupé los cinco dedos de la mano derecha y sin pensármelo dos veces se los metí en el canalillo para quitarle el churrete negruzco de silicona que le habían dejado allí impreso entre tanta prisa y tanto rubio. Le rocé las dos tetas y prometo que sin intención alguna y fue, en aquel preciso instante, cuando me preguntó: ¿quieres un café y te digo quién soy? Le contesté sin pensar: ¿eres rubia natural o de bote?
Imágenes de Antonio Román y Drew Darcy
Si hay que encontrar un conflicto se busca, Cecilio, se busca sin problemas. ¿Qué cuesta hoy toparse con un conflicto? Pero antes de meternos en la arena, caballero, antes de emprender tan ardua tarea necesito que desentrañes este escrito que me ha llegado hoy por correo certificado. No termino de encontrarle sentido, de hacerme con él, parece caballo salvaje y necesito otro vaquero para domarlo, o domarla, ¿quién sabe? quizás sea hasta jaca jaquetona.
Tengo miedo a salir de la celda donde llevo dos días encerrado porque me han levantado dos horcas en la plaza de San Agustín, junto a la iglesia del Santo Sepulcro. Dos horcas, ¡dos horcas! Me pregunto para qué va a hacer falta la segunda si con una bastaría para ahuyentar mi vida. Sigo inocente, aunque ustedes no le crean, soy inocente, por mis muertos, yo no cometí aquella tropelía, por mis muertos que lo juro así se condenen todos si es mentira. Hay dos horcas en la plaza de San Agustín y sé que están destinadas a mi cuerpo que hoy también, va a ser esclavo de la gravedad pero de otro modo más artístico, suspendido, pendular. Ahora, empiezo a creerlo, soy un ahorcado espectral pero siempre he sido un siervo que ha guardado con mesura, placer y diligencia el castillo de mi señor. Soy de los que siempre le ha importado el fin, sí, muy maquiavélico todo pero es así. Soy un proyecto de hombre, soy un proyecto de hombre ahorcado, un proyecto para refutar una vez más esa ley de Newton pero ¿me ven ustedes como una manzana? No, no soy una manzana, en breves momentos seré un hombre ahorcado y dependiendo de la brisa que corra, mi destino se clasificará en algo imprevisto o transformado en monumento al escarnio. No se rían, no sean majaderos, es mi vida y mi destino pero me tranquiliza saber que los suyos, también destinos como el mío, estarán marcados con la luz final de la muerte. Yo no fui, lo juro por mis muertos.
No creo en Dios, sí en los dados. Pero si creo en los dados no puedo creer en el número siete. Y si no creo en el número siete, ¿en qué podré creer?
Y yo me imaginaba a Goethe agachándose y recogiendo el puto adorno a la vez que descubría cómo el dedo de su santa esposa horadaba mi tierna corva. En aquellos momentos sólo me acordaba de Dios y me preguntaba por qué el dado en el que siempre había creído se había transformado por unos instantes en un dedo juguetón. Me prometí, desde aquel momento, no admirar a ningún otro artista de renombre y seguir investigando el albur que desarrollan los dados en situaciones de alto riesgo. Acabo de contestarle a Otilia. Le he concretado día, hora y lugar y me he prometido que ella sí se va a acordar de lo que diez dedos pueden llegar a hacer. Se acordará de mis dedos porque como he escrito al principio, ni creo en Dios ni en los artistas y desde el pasado lunes, sólo profeso una fe ciega a los dados con alguna cara al siete. Sigo fiel al siete, sí, al siete siempre fiel. Dados con sietes.
Mi intención al salir hoy de casa era ir de tiendas. Ir de tiendas y comprar un cartucho de tinta violeta para la pluma que me regalaron ayer, una Dunhill negra con plumín plateado. Necesitaba comprar algo, aunque fuese un cartucho de tinta violeta para la nueva pluma, algo, comprar algo. Es la moda y yo como el que más. La tarde y los vericuetos vespertinos me hicieron entrar en la catedral. Sí, acabé en la catedral, con los auriculares de la iPod puestos y un viejo encorvado llamándome la atención por detrás: oiga, joven, por respeto, apague usted el móvil y quítese ese aparato de la oreja. ¿Qué sabría el viejo? El móvil ya lo había apagado pero estuve a punto de ser maleducado y contestarle: oiga, ¿no conoce usted los nuevos modelos de Sonetone? ¡Soy sordo, joder! Pero me pareció vulgar, muy vulgar y yo no soy vulgar. El susto, lo cariacontecido que quedé tras aquella reprimenda me provocó unas innecesarias pero urgentes ganas de orinar pero allí, en una catedral, me parecía fuera de lugar. Pregunté al encargado de ceremonias que siempre andaba de capilla en capilla encendiendo y apagando velas, oye, Arturo ¿existen servicios aquí en la catedral? Sí, al final de la otra nave. Nunca lo había comprobado, nunca había orinado dentro de una catedral y busqué con una curiosidad malsana las letrinas de aquel templo. Nunca lo había imaginado. Hasta ayer había pensado que en una catedral sólo existían santos, capillas, cuadros majestuosos y tenebristas; oficios y santas misas, confesionarios. Y qué equivocado estaba. En una catedral también existían letrinas, y a la misma altura que el altar mayor, en otra dependencia pero a la misma altura. Encontré el lugar. Entré y esparcidos entre las piedras centenarias y el azulejo grisáceo, permanecía un olor a orín peculiar, mefítico, como si allí entrasen aún a orinar los artífices de tal construcción, ya fantasmas, no lo dudo; y nosotros, los que acudíamos aquel templo a suplicar sandeces. Algo me sorprendió y es que sobre las paredes había pintarrajeados frases muy borrosas y adornadas con ribetes de distintos colores. Para mí que eran los pecados de los penitentes que, confesados en la capilla aneja, traspasaban la pared y quedaban allí rotulados y presos esperando llegar al váter de piedra a golpe de confesiones; y empujones. Allí permanecían esperando que algún alma caritativa tirara de la cadena y pudieran desaparecer entre tuberías rancias, gruesas y enmohecidas por el paso de los años a la penumbra entre aquellas otras gárgolas subterráneas que las guías turísticas de la catedral aseguraban que existían. Yo no iba a tirar de la cadena, me dije, yo si caso, iba a ser condescendiente para que la supervivencia de aquel olor y aquellos pintarrajos quedase asegurada y perdurase por lo menos un día más.
Y hasta hoy. Salí a comprar y volví a casa recordando cada una de las confesiones rotuladas que allí leí: Padre, me acuso de haber criticado a mi hermano sin fundamento, Padre, soy un puto pecador y me acuso de mirar con ojos libidinosos a la mujer de mi vecino Pedro. Padre, me acuso de haberle sido infiel a mi mujer con mi compañera de despacho; sólo siete veces y hasta el día de hoy. Mañana prometo que no (siempre y cuando no se insinúe). Padre, llevo tres domingos sin ir a misa. Padre, soy de derechas; padre, soy de izquierdas y convencido; Padre, me orino, ahora vuelvo.
A mí los poemas sacados del aire no me dicen nada.
y de su misma base. No os atreváis, no os atreváis a afirmar que a la realidad le falta interés poético porque es precisamente en ella donde el poeta se pone a prueba, demostrando tener el ingenio suficiente para sacarle una faceta interesante a un tema ordinario.

